Mi Historia

Estimado Lector,

Soy mexicano. Quizás eso es todo lo que necesitas conocer sobre mi obra.

No merece demasiadas explicaciones.

Como México, carga contradicciones: es antigua y viva, solemne y juguetona. Un choque de vida que conversa con una muerte asimilada.

A lo largo de mi vida no he presenciado grandes cosas. Soy un ser cualquiera cargando, agradecido, su existencia. Quizás por eso aprendí a detenerme donde otros continúan de largo.

La contemplación es el centro de cuanto hago. México es el suelo que piso. La arquitectura, el lenguaje con el que aprendí a mirar. La muerte, el método que me recuerda por qué vale la pena hacerlo.

La muerte es mi comadre.

La encuentro en mis lecturas, en cada esquina de los instantes que me cautivan. Me habla en la gentileza de un trazo repetido, tan repetido como fueron mis días antes de conocerla. La encuentro también en mi obsesión con el tiempo. Ella se asoma sin arrebatármelo. Al contrario, insiste en recordarme que estoy vivo; que saboree el instante con gratitud y melancolía.

Desde entonces la busco en todas partes.

La veo, inmóvil, en la belleza muda de la arquitectura: frágil, natural, apabullante y sabia. Humanamente compuesta; para la virtud y la conciencia, siempre una maestra.

A ella le debo cuanto en vida he realizado, porque fue ella quien me enseñó a encararla y, al hacerlo, a comprender la vida.

No soy un artista, sino un intérprete.

No dibujo; intuyo. No demuestro; recojo.

He aquí un mexicano permanentemente invadido.

No puedo llamarme artista cuando para mí el arte no empieza en el papel, sino en la vida misma.

Soy Javier.