Chiang Rai.

El elefante, aunque sagrado, se utilizó para construir.

Y, aunque paradójicamente sea la modernidad la que amplía mi perspectiva, la que brinda experiencia y criterio por lo fácil que es hoy tomar un avión a los confines del mundo, es también ella quien continúa haciéndose visible de una manera carente en lo que ésta incluye. Pues lo que incluimos dice igual o más que aquello que decidimos no incluir.

Optamos por romantizar la infinidad. Por fraguar nuestra identidad sobre una mezcla efímera, ajena muchas veces a la sabiduría de un sistema natural que ha sostenido vida por más de cuatro mil quinientos millones de años y que nosotros hemos optado por destruir en apenas unos segundos.

Que la ilusión del tiempo y la experiencia se difuminen de nuevo en lugares que reflejan una identidad propia y genuina; no una homogénea que invade un mundo que, aunque inmensamente vasto y diverso, se vuelve cada vez más chico. Un mundo que acumula grupos de intereses indiferentes a la memoria del espacio, en rincones que asocian el refugio humano con un ideal superficial y funcional inmediato.

Que la voz que uno persigue, que el alma que me hace continuar de manera única en un mundo que, francamente, no necesita de la conformidad de las masas, continúe guiando el camino. Necesito fomentar la búsqueda del riesgo. Descubrir algo aún por saberse.