Bitácora humana

Javier Musi Somoza

Bali, Indonesia

07/06/2026

“En todas partes se cuecen Habas”

Los textos y dibujos aquí reunidos nacieron durante mis viajes por Asia. Las reflexiones fueron escritas y los dibujos realizados por mí como intentos complementarios de comprender los lugares, las personas y las ideas encontradas en el camino.

En cuanto a la modernidad, he aquí una pluma que, meditabunda, disierne el espectáculo que se abalanza sobre toda nuestra roca azul.

La modernidad ha brindado al hombre un intercambio sin precedentes de ideas, estilos, métodos, filosofías y perspectivas. Hemos entrelazado y tejido una red global que contiene ya una identidad general de los Homo sapiens sapiens que aún rondan el planeta. Hemos hecho del mundo un encuentro anticipado, planeado; un lugar que pretende acomodar, proveer y saciar, pero que muchas veces termina por desplazar y acorralar a quien no comparte una ideología pragmática y consumista de cómo uno ha de vivir en el siglo XXI.

Aunque aún soy joven, ingenuo y no me entiendo del todo, he procurado observar, cuestionar, divagar y entender qué lugar quiero ocupar en el mundo, y si éste se alinea con un alma que pretende apreciar, vivir con pasión, con pérdidas, en un reflejo de vida que construye carácter e identidad, y que asciende sabiendo que su existencia se saborea y se respira.

La modernidad es una conquista; una sigilosa tendencia engolosinada por la avaricia del hombre. Es un arma que ha echado raíz en nuestro razonamiento, en el entendimiento que tenemos de una experiencia biológica que abre paso y que recuerda. La modernidad es un discurso categórico y frágil, una banalidad mal encaminada que construye a costa de nuestra memoria ancestral y natural.

El hombre, ante esta bestia desencarrilada, se ha vuelto el pagano que observó cómo se destruían sus templos y creencias; cómo su identidad se veía fragmentada, ensangrentada y consumida, siempre en búsqueda de una remuneración económica.

Como alguien que pretende, a través de la arquitectura, brindarle al mundo una experiencia torpe, visible, sensible, pasional y humana; como alguien que piensa a través de la forma y de cómo ésta dialoga con el ladrillo y tangibiliza el alma, siento un profundo desprecio por el rascacielos, por la identidad global de cristal y metal que refleja una ironía evolutiva. Sobrevivimos por habernos sabido adaptar, sólo para convertir nuestras construcciones en un inhóspito panteón de memoria que refleja lo insostenible, torpe, opulenta y ofuscada que se ha vuelto nuestra especie.

Para mí, el rascacielos es la lápida del hombre. Es el remanente de la virtud que nos llevó a reinterpretar la tierra y que hoy refleja lo mismo en todas las esquinas del mundo: destrucción. Destrucción de nuestros valores, pues antiguamente los ornamentábamos de historia, de búsqueda, de respeto, de encuentro; de algo que hoy creemos haber encontrado, pero que en realidad perdimos.